LA MUERTE TAMBIÉN ES BUEN NEGOCIO: Entrevista a Agustín Merino, fundador de la agencia funeraria Merino

LA MUERTE TAMBIÉN ES BUEN NEGOCIO: Entrevista a Agustín Merino, fundador de la agencia funeraria Merino

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No es que la vida de este hombre sea “la muerte”, sino que, literalmente, vive con la muerte. Durante más de 50 años don Agustín Merino Tapia ha sido y es el principal agente funerario del Perú. Único y verdadero monarca en el milenario oficio de dar el último adiós. Fundador de la funeraria que lleva su nombre ‒actualmente parte del grupo MAPFRE‒, empezó pintando ataúdes en el pequeño taller de su padre. Tiene 82 años, todos vividos con pasión (fue presidente e hincha #1 del Alianza Lima), como el emprendedor que siempre fue.

Don Agustín, usted es el más célebre agente funerario del Perú, ¿cómo empezó?
He liderado el mercado durante 30 años, del año 66 al 96 hemos sido los dueños absolutos del mercado. Pero, primero tengo que contarte que mi padre era un carpintero, un hombre pobre que vivía de su carpintería. Y vendía ataúdes que le mandaban a hacer. Yo me acuerdo que tenía 8 o 9 años, y la gente venía al taller y mandaba a hacer su ataúd y los hacía de un día para otro. La gente les llevaba las medidas de su difunto.

¿Dónde vivían ustedes?
Éramos de Barrios Altos. Entonces mi padre me puso en el Colegio 438 República Argentina. Allí estudié hasta el sexto año de primario, de ahí pasé a la Gran Unidad Pedro A. Labarthe, donde estuve 3 años. Ya desde los 12 años iba a ayudar a mi padre con los cepillos, los serruchos, a pintar los ataúdes y esas cosas en mis vacaciones. Era gente pobre la que iba al taller. Estábamos en la cuadra 8 de Junín (Barrios Altos). A los 14 años, en tercero media, mi padre me dijo “mira, yo no sé si voy a seguir con el negocio porque me siento medio mal, estoy padeciendo de algunos dolores que no logro sabe de qué son, el médico me dice una cosa, luego otra”. Entonces, me puse a trabajar con él y a estudiar de noche. Estudié dos años de noche, y a los 16, junto con mi padre, empecé a hacerme cargo de la agencia.

¿Cuántos hermanos eran?
Éramos cinco, yo soy el mayor. Eran tres mujeres más y el otro hombre era el más chiquito, así que el único que ayudaba en el taller era yo. Yo tuve que mantenerlos a ellos, educarlos a todos, los casé, les pagué todo, nunca les faltó un centavo.

¿No quiso estudiar en la universidad o algo así?
No podía, no tenía opción de ninguna clase. Porque o me dedicaba a trabajar de lleno en la agencia, a mejorarla. O hacía plata o me metía a la universidad y la agencia se iba al diablo.

¿Cómo empezó la expansión?
Empezamos a atender al Rímac, a Barrios Altos, público de La Victoria, etc.; porque la zona se convirtió en un sitio de agencias funerarias. Eran siete agencias donde yo estaba. Yo y Crespo, que estaba al frente, fuimos los primeros. Después estaba Aliaga, estaba Lugo, estaba Torres, el otro Torres, etc. La competencia era fuerte, todos querían vender. Cada uno exhibía sus mejores armas para conquistar al cliente.

¿Se encargaban solamente de los ataúdes?
No, también arreglábamos el servicio funerario, pero todavía no tocábamos el vagón de carrozas porque eso era de la Beneficencia Pública de Lima. Los cementerios que había en ese entonces eran exclusivamente de la Beneficiencia Pública del Callao, de la de Lima, y punto.  Habían, además, los cementerios de las municipalidades: de Surco y Surquillo, y no más. Entonces, yo recibí una póliza de vida de mi padre de cinco mil dólares que me dejó como su hijo mayor. Ese dinero lo invertí en una camioneta Chevrolet del año 39-40. Con esa camioneta comencé a atender a las otras agencias que no tenían camioneta. En ese tiempo no había vuelos de aviación para los departamentos, todo era traslado en ferrocarril o camioneta. Y los familiares de los que morían en Lima en los hospitales querían llevar los restos a su tierra natal. Así empecé a irme a Tacna, a Tumbes, Arequipa, Chiclayo, Huancayo, Huancavelica, Junín, a todos sitios con los muertos adentro del carro. Iba solo con los familiares y regresaba con la camioneta solito.

Imagino que allí ya empezó a hacerse conocido.
Bueno, junté un poco de dinero y lo invertí en la agencia. Compré casilleros de vidrio para que los cajones se puedan exhibir, y así fui haciendo mejoras. Me empezó a ir bastante bien, atendí mucho tiempo a la colonia china, a la colonia japonesa, y con esas dos colonias es que pude comprar dos camionetas nuevas. Luego fui a Chicago y me llevaron a un fabricante de artículos y accesorios funerarios. Yo no sabía hablar inglés, no hablo inglés, y una hijastra de un amigo me ayudó. Nos fuimos en bus a Ohio y entramos como quien dice viene el Rey de las papas. No sabían ni quién era yo cuando llegué allí. Pedí ver de todo. El hombre al comienzo dudó un poco, pero luego se dio cuenta que realmente iba a comprar y me empezó a tratar mucho mejor. Compré todo lo más moderno en capillas, carritos, velatorios, pantallas, paños que se ponían antiguamente, etc.

Digamos que fue un innovador de los entierros.
Sí, pero vine a Lima con todo mi equipo y había una cosa que no le podía quitar a la gente, que era el riguroso negro que usaban cuando fallecía una persona. Toda la familia estaba de negro, desde el nieto hasta el mayor de todos. Para las mujeres eran treinta días  del “luto cerrado”. Yo comencé a hacerles ver que no era posible eso. Se me ocurrió pensar que no debían ser las cosas así, y que debían ser mucho más modernas como había visto yo en las fotografías que me habían enseñado. No podía uno irse a comprar un terno negro, un vestido negro, otro para la hijita, y todos de negro y gastar dinero. Para cambiar con esto me dije que tenía que ayudar con algo. La gente antes, cuando fallecía alguien, forraba toda su casa de negro con unos paños que pegaban en las paredes. La casa del difunto parecía más un monasterio que un velatorio. Y se acostumbraba a pasar el café, los traguitos, el pisco, las galletas, los sánguches, y total que era una fiesta con una contadera de chistes interminable y así. Eso eran los velorios antiguamente. Entonces me hice muy amigo del Padre Superior Constancio de la Virgen del Pilar, con quien pusimos casi entre los dos un cementerio en la Planicie. Con él y otro padre más arreglamos un contrato por 20 años para poner tres velatorios en la Iglesia. Así fui acostumbrando a la gente a que salgan de las casas y no pasen mala noche, ni tengan que lidiar con borrachos, atender a medio mundo. Así cerraban las puertas a las 10 de la noche, cada uno a su casa a dormir, y al día siguiente temprano la familia podía seguir con su ser querido, y luego al entierro.

¿Y cómo introdujo las carrozas?
Eso viene después. En ese entonces había una carroza de pompones negra, enorme. Había otras parecidas a esa, pero sin pompones. Eran como 5 o 6 carrozas, todas de la Beneficencia. Con el correr de los años se fueron malogrando y yo traje una Cadillac para mí; pedí permiso y la introduje en los entierros. La Beneficencia también trajo la suya, pero yo tenía una propia como no tenía ninguna otra agencia, lo que me dio una ventaja sobre ellas porque la gente venía a buscarme porque les gustaba mi carroza.

Pero, ¿cómo llega a convertirse en el “rey de los entierros y velorios”?
En Jr. Junín estuvimos hasta al 75 o 78, y luego ya pasamos a Jr. Domingo Cueto, en Lince. Traje otras carrozas de distintos colores. A la gente le gustó las capillas modernas que traje, porque todo era bien presentado, bien puesto. Además, llevaba a la gente bien uniformada, cosa que no hacían otras agencias funerarias, y el chofer iba con su gorro y su corbata. Modernizamos todo. En el año 66 compro tres agencias que eran de un solo dueño de mi competencia, de Ricardo Guimet Garazatua, que eran las mejores de Lima. Dos estaban en Jr. Carabaya y una en Jr. Azángaro. A los seis meses compro otra más, la de Bocanegra, que era mi competidor directo. Él era muy conocido en la sociedad y tenía una clientela de alto nivel. Yo había avanzado bastante, pero todavía estaba en la clase media, no llegaba a las clases altas. Compré esas agencias y comencé a atender a lo mejor de Lima, pero poco a poco lo fui introduciendo a la agencia Merino en esos sectores. Por ejemplo, sacaba los entierros con Guimet pero le mandaba la camioneta de Merino, personal de Merino. Así fui cambiando poco a poco hasta que eliminé a todos. Del 66 al 96, durante 30 años, estuve casi solo en el mercado. ¿Quiénes estaban conmigo? Las funerarias de los militares, la Naval, Aviación y Policía.

¿De niño quería hacer otra cosa, soñaba con dedicarse a otro trabajo?
Yo siempre supe que iba a acabar en el negocio de mi padre porque me gustaba. Me gustaba el negocio y el hecho de que era mío, que no tenía que compartir con nadie nada, ni nadie que me mandara. Nunca en mi vida he tenido a nadie que me haya mandado, con el favor de Dios. Jamás he tenido un mando encima.

¿A cuán gente calcula que ha enterrado?
Habré enterrado casi un millón de personas en tantos años que llevo trabajando. Más de 50 años, imagínate.

¿Cómo ve la vida alguien que convive tanto con la muerte?
La muerte para mi es lo más natural del mundo. Así como uno nace, muere. Yo sé, por la edad que ya tengo que ya me va a tocar en cualquier momento. Yo estoy dispuesto a irme cuando el Señor crea conveniente llevarme. Mi pensamiento siempre ha sido muy real. Desde los 50 años he hecho mi testamento y mis cosas, porque en mi familia nadie vivió más de 60 años nunca.

¿Alguna vez le ha pasado algo fuera de lo normal o sobrenatural en esto de estar con los muertos?
No. Lo que me ha pasado dos veces en todos estos años es que los muertos a veces han roncado y la gente ha creído que estaban vivos. ¿Qué pasa? Que se les habían quedado gases en el estómago atracados, y que después de una manera u otra salen. Entonces la familia pensaba que estaba vivo su fallecido y me llamaban urgente. Y tuve que ir con el médico a decirles que sí estaba fallecido. Lo que también me pasó una vez es que tuve una operación grave de la columna, y estuve casi en coma en cuidados intensivos. Sentí que ya me había ido, no sé dónde estaba, pero no estaba acá.

¿Cuál es el funeral más triste que ha pasado?
La muerte de mi madre. Ya tenía yo 29 o 30 años; y el de mi hijo, que tal vez fue más duro aún. Mi hijo, uno de los cuatro que tuve, murió hace 20 años. Es algo que nunca lo vas a olvidar. Te pasa, siempre lo recuerdas, siempre lo sueñas, siempre te acuerdas de tu hijo.

Acaba de cumplir 80 años, ¿teme a la muerte?
Definitivamente no. He visto como se muere la gente. He visto morirse a gente de un año, de cinco, siete, veinte, de todas las edades y hasta más de cien. He visto que mucha gente se ha ido muy temprano, y otras nos estamos quedando tarde. Creo que ya Dios me ha dado la gracia de vivir bastantes años, y por lo menos en buen estado. No estoy tirado en una cama, todavía puedo movilizarme con mi bastón. Al cumplir 80 años me hice una fiesta como se merece, con 640 invitados. Con mucho cariño la hice porque había logrado vivir hasta los 80 años.

¿Ya tiene planeado su funeral?
Sí, sí, indiscutiblemente. Ya mi hijo tiene todas las instrucciones que yo quiero.

¿Hay algo especial que haya solicitado?
Solamente mi bandera del Alianza Lima, que en el cajón esté muerto con mi bandera de Alianza Lima.

There is 1 comment for this article
  1. Cesar Augusto Torres Heredia. at 13:40

    Desde Joven, pude Apreciar en el Sr. Don Agustín Merino, a una Persona de Éxito, demostrado a lo largo de su trayectoria, ocupando al Mérito de su Gestión, los Primeros Lugares, sobre todo a Nivel Social; vayan para El Nuestro Reconocimiento. (Q.E.P.D.).